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Michel Devoret, Nobel de Física: “No me gusta hacer pronósticos, la tecnología es más caprichosa que la meteorología” | Ciencia


Cuando Michel Devoret se despertó el pasado 7 de octubre, todo el planeta sabía algo que él ignoraba: le acababan de conceder el premio Nobel de Física. “Me convencí de que era real cuando me llamó mi hija; supe que ella no me gastaría una broma así”, dice, ahora, entre risas. Este físico parisino de 73 años fue galardonado, junto con sus colegas John Martinis y John Clarke, por demostrar experimentalmente que las leyes de la mecánica cuántica se pueden observar y materializar en circuitos eléctricos. Los tres físicos lograron, a mediados de los años ochenta, algo que parecía imposible: demostraron que un objeto lo suficientemente grande como para sostenerse con la mano podía comportarse como una partícula cuántica, ajena a las leyes del mundo macroscópico. Lo hicieron construyendo un pequeño circuito eléctrico con materiales superconductores, un hallazgo que abrió la puerta a tecnologías como la computación y la criptografía cuántica.

Devoret es, además, científico jefe de Hardware Cuántico de Google, donde supervisa tecnologías como el ya famoso chip Willow, que resuelve en cinco minutos una tarea que un superordenador tardaría cuatrillones de años. El científico atiende a EL PAÍS en las oficinas de Google en París, en una de las primeras entrevistas que concede a un medio no francés. En la conversación menciona la “nobelitis, la enfermedad por la que un premio Nobel empieza a opinar sobre temas completamente fuera de su campo”, algo que él no sufre: es amable y elocuente explicando lo que conoce, pero también precavido respondiendo a lo que prefiere no contestar.

Pregunta. Se despertó usted un día de octubre siendo un Premio Nobel. ¿Cómo reaccionó?

Respuesta. Fue una sorpresa total. Cuando lo digo, la gente no suele creerme, pero insisto en dar detalles para que quede claro. Además, hay que tener en cuenta que llegó en un momento en que tenía la cabeza en otro sitio: estaba en pleno traslado del laboratorio de Yale, en la costa este de EE UU, a la Universidad de California, en la costa oeste. Hay muchísimas gestiones que hacer, y las administraciones no siempre facilitan las cosas. Tenía muchas preocupaciones encima. Y me había olvidado por completo de que principios de octubre es la temporada del Nobel. No solo no lo esperaba; ni siquiera recordaba que ese podía ser un día en que conviene escuchar la radio.

P. ¿Y cómo fue ese momento para usted?

R. De repente te ves sumergido en un universo paralelo, el universo de una persona pública. A los pocos minutos de asumir que era verdad, ya vi cámaras fotográficas intentando hacerme fotos desde la calle a través de la persiana de mi cocina. Es un gran honor, por supuesto, y conlleva ciertas responsabilidades. Muy rápido, dos colegas a los que respeto enormemente me enviaron cartas con comentarios muy amables y también consejos sobre cómo manejar la situación. De repente, formas parte de un grupo determinado de personas. Algunas te miran como si fueras un recién llegado al colegio, como cuando los mayores te inspeccionan; otras son protectoras y tratan de ayudarte a afrontar esta nueva responsabilidad.

P. Usted ha dicho que un descubrimiento fundamental solo se vuelve real cuando puede aplicarse a algo concreto. ¿Cuándo sintió por primera vez que esos experimentos de Berkeley en los años 80 podían convertirse en algo tangible?

R. Es interesante que mencione eso, porque el hecho de que nuestro trabajo era real se planteó desde el principio. De hecho, los artículos nuestros más citados no fueron los originales, sino la réplica a un comentario de otro científico que cuestionaba nuestros experimentos, argumentando que los resultados podían explicarse de otro modo. Nuestra respuesta a esos contraargumentos resultó ser el texto más citado que escribimos. Hay un debate científico sobre qué es lo que hace real un descubrimiento. Y este premio reconoce un campo entero: nosotros somos los pioneros, hicimos los experimentos originales y también participamos en su expansión. Pero ha sido el trabajo de muchísimas personas lo que ha consolidado el campo. Y de lo que estamos muy orgullosos es de que todo esto haya dado lugar a una industria. En cierto sentido, el estatus definitivo de un descubrimiento llega cuando genera una industria que da trabajo a la gente.

P. ¿Cómo recuerda aquellos primeros tiempos, cuando la tecnología cuántica estaba en sus inicios?

R. Hay que distinguir entre la satisfacción de haber logrado algo en física y el nacimiento de una aplicación. Muy pronto, después de nuestro experimento original, sentimos que habíamos creado algo nuevo en física: habíamos creado átomos artificiales, lo suficientemente grandes como para conectarles cables, y ese tipo de física atómica nueva nos parecía que les interesaría a los físicos. Pero de ahí a interesar también a ingenieros, inversores y a toda la dimensión social… eso no se puede controlar. Debo sentirme afortunado. El sentimiento de haber logrado algo, al menos en el ámbito de la física, llegó bastante pronto.

P. ¿Y cómo se llegó a interesar a la industria? ¿Qué fue lo que cambió?

R. El primer factor importante fue el descubrimiento en 1995 de Peter Shor del algoritmo de factorización. Por primera vez había problemas considerados difíciles que un nuevo tipo de hardware podía resolver mucho más rápido. Fue un cambio de paradigma: hasta entonces se pensaba que la complejidad de un problema era intrínseca al problema y no dependía de la máquina que lo calculara. Shor demostró que no era así. Y ese descubrimiento fue más allá de la física cuántica: fue una gran piedra en el estanque del desarrollo de algoritmos. Luego llegaron las grandes empresas, y también hubo un efecto Sputnik (el impacto del lanzamiento del satélite soviético aceleró la innovación en EE UU): en Estados Unidos se consideró estratégico mantenerse a la vanguardia de la informática.

P. En octubre de 2025 presentaron Willow y anunciaron una “ventaja cuántica verificable”. ¿Por qué es eso importante?

R. Willow tiene dos logros principales. El primero es haber demostrado la corrección de errores cuánticos. Volvamos a los años 90: Shor hizo en realidad dos descubrimientos. Uno fue ese algoritmo de factorización, pero quizás el más importante fue la corrección de errores cuánticos, que muchos físicos creían imposible. El problema era este: en la informática clásica, para corregir un error hay que leer y comparar. Pero en mecánica cuántica, leer significa observar, y la observación en mecánica cuántica es invasiva: al intentar corregir el ordenador, se introducirían aún más errores. Shor inventó un esquema que permite detectar y corregir errores sin observar la información. Parece casi imposible, pero es uno de los mayores descubrimientos de la física cuántica: que se puede construir una máquina cuántica a partir de componentes imperfectos y que esa máquina sea capaz, en principio, de calcular con una precisión arbitraria. Willow demostró que la corrección de errores a escala funciona: a medida que aumenta el tamaño del sistema, los errores disminuyen exponencialmente. Ese era el objetivo. El segundo logro fue la ejecución de un algoritmo que es a la vez útil y reproducible.

P. Hace unos meses, Google anunció que iba a apostar por una nueva tecnología cuántica: los átomos neutros. Usted es un experto en superconductores, que es una tecnología distinta. ¿Qué sentido tiene esa apuesta?

R. Yo empecé en física atómica y en óptica cuántica, así que los átomos no me son del todo ajenos. Y la decisión de Google de invertir también en átomos neutros es muy natural: no conviene poner todos los huevos en la misma cesta. Los átomos neutros parecen una cesta interesante para las operaciones protegidas. No es una cesta perfecta; los átomos neutros son mil veces más lentos que los circuitos superconductores, lo que puede marcar la diferencia entre ejecutar un algoritmo en un día o en tres años. Pero también es muy prudente no especializarse demasiado. No está del todo claro cuál será la solución industrial definitiva. Y, como mínimo, también tiene sentido saber de cerca qué están haciendo los competidores.

P. ¿En qué está trabajando personalmente ahora?

R. En Google tengo el rol de científico jefe para el hardware cuántico, que es esencialmente una función asesora. Mi responsabilidad es asegurarme de que las direcciones que toma la investigación no contradigan los principios de la física. También mantengo una posición a tiempo parcial en la academia. Creo que es importante que los asesores científicos sigan en contacto con la academia, porque hay una parte de la exploración necesaria para construir un ordenador cuántico que se hace mejor en la universidad que en la industria. Es como construir un acelerador de partículas: es un gran proyecto en el que físicos e ingenieros deben cooperar, pero en el que también hay un trabajo exploratorio que florece más en entornos académicos.

R. La pregunta que todos los periodistas hacemos: ¿Cuándo tendremos un ordenador cuántico que funcione de verdad?

R. Suelo esquivar esta pregunta, porque implica hacer pronósticos tecnológicos, y la tecnología es mucho más caprichosa, incluso, que la meteorología. Lo que sí puedo decir es que habrá aplicaciones nicho de los ordenadores cuánticos en cuestión de años, no de décadas. En cuanto a los ordenadores cuánticos de propósito general, totalmente corregidos… prefiero no ponerles fecha.

P. ¿Cuáles son los principales riesgos de esta tecnología?

R. La preocupación por la capacidad de los ordenadores cuánticos de romper la criptografía estándar se ha vuelto aún más urgente: se ha demostrado que se necesitarían menos recursos de los que se pensaba originalmente para romper los códigos actuales. El mensaje es claro: la criptografía poscuántica es una prioridad inaplazable.

P. ¿Es China también un riesgo del que preocuparse?

R. No creo que sea una amenaza en el sentido tradicional. China ha sido un gran estimulador de todo este campo. Hay definitivamente un efecto Sputnik, y los laboratorios chinos están muy próximos en términos de logros. Veremos mucho progreso de su parte.

P. ¿Hay algo más que le preocupe?

R. Me siento afortunado de que la computación cuántica sea, en cierto modo, complementaria a la IA y plantee muchos menos problemas inmediatos. La IA va a transformar muchos empleos; yo ya veo cómo está cambiando la forma en que hacemos física. Si hay que preocuparse de algo de manera prioritaria ahora mismo, diría que es más la IA. Cuando se sabe usarla, da superpoderes. Cuando no, te hunde más en la ignorancia.

P. ¿Está siendo más difícil hacer ciencia en Estados Unidos estos días?

R. (Reflexiona unos segundos) Creo que lo que está ocurriendo es una gran oportunidad para Europa.

P. En Estocolmo le preguntaron qué afición le hace mejor científico. ¿Puede explicar a los lectores cuál es?

R. Soy un gran apasionado del cine. Incluso tuve la oportunidad de dar un curso en Yale sobre cine y física, junto a un gran amigo que es profesor de cine. La decana del Yale College estaba preocupada por la falta de colaboración entre científicos y humanistas, y creó un concurso para que los profesores propusieran cursos en la frontera entre ambos mundos. Ganamos con nuestra propuesta, y luego tuvimos que crearlo y enseñarlo de verdad. Fue un gran placer y la apoteosis de mi relación con el cine.

P. ¿Y cuál es su película favorita? ¿Algo de ciencia ficción, quizás?

R. Quien de verdad ama el cine no puede tener una sola película favorita; tiene cientos. Pero le diré una que me gusta mucho y que está muy conectada con la física cuántica: La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock. Trata sobre la observación y la reacción que tiene el acto de observar sobre el propio observador. Ese vínculo, casi de entrelazamiento, entre quien observa y lo que es observado es una gran metáfora de los efectos cuánticos en la medición.

P. Pensaba que diría Inception, Star Wars, o incluso Alicia en el País de las Maravillas, por esa relación entre lo grande y lo minúsculo…

R. En nuestro curso intentábamos evitar lo demasiado literal. Nos interesaba la relación entre cine y física con respecto a la historia de las ideas, de contextos históricos, de vínculos metafóricos. Si tomas a un director como Christopher Nolan, es evidente que la física le inspira: usamos algún fragmento de Interstellar. Pero preferíamos explorar cómo el cine puede inspirar a los físicos y viceversa. Lo más literal que llegamos fue pedirles a los estudiantes que contaran cuántas leyes de la física viola el Coyote en una escena de los Looney Tunes. Pero fue la excepción.

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Edwin Sevillano

Hola! soy edwin, espero poder apoyarte y brindarte las herramientas necesarias para tu recorrido en este mundo audiovisual.

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Edwin Sevillano

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