Cómo aprender a jugar en el patio de internet | Seguridad día a día


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La pantalla forma parte natural del día a día para niños y adolescentes. Con ellas aprenden, juegan, hablan con sus amigos y descubren el mundo. Pero en ese mismo entorno, donde todo parece familiar, pueden aparecer riesgos difíciles de identificar: una compra en una página falsa, una conversación con alguien que no es quien dice ser o una imagen compartida con demasiada confianza.

Internet es un gran patio de recreo para niños y adolescentes, a la vez que una magnífica aula para comunicarse y crecer, pero también expone a los menores a muchos riesgos. Martín Vigo, fundador de la empresa de ciberseguridad Triskel Security, cree esencial ayudarlos a manejarse en el mundo digital con seguridad y criterio: “¿Dejaríamos a nuestro hijo de 10 años salir solo en la ciudad durante cinco horas? De la misma manera que lo educamos a mirar a ambos lados al cruzar la calle o a no hablar con desconocidos, hay que enseñarle a navegar por la red”.

La ingenuidad, la necesidad de pertenencia a un grupo y una relación cada vez más temprana e intensa con la tecnología han ampliado la vulnerabilidad de los menores en un ecosistema digital diseñado para captar su atención. El consenso científico determina que no se han de ofrecer dispositivos electrónicos a los menores de cinco años. Sin embargo, hay voces que piden retrasarlo hasta los siete, como la asociación Pantallas Amigas, que fomenta el uso seguro y saludable de internet en la infancia y la adolescencia: “A partir de los ocho se puede ir aumentado el tiempo en la red de forma controlada; desde los 11, se puede proporcionar un teléfono no inteligente, básico, y con 13 o 14 empezar con el primer móvil inteligente, pero siempre bajo supervisión y de manera progresiva”, señalan desde la organización.

A continuación, una guía para que padres e hijos naveguen con viento a favor por internet.

Estafas en el entorno digital, de los videojuegos a las redes sociales

Con la autonomía digital llegan también las primeras decisiones en solitario: aceptar una solicitud, seguir un enlace, comprar dentro de un juego o responder a un mensaje. Gestos cotidianos que, en manos de un estafador, pueden convertirse en una forma de aprovecharse de la confianza de niños y adolescentes.

Suplantación de la identidad y phishing. Los atacantes envían mensajes con enlaces engañosos con los que intentan obtener datos personales y bancarios. Los videojuegos y las redes sociales son las vías más habituales.

  • En los videojuegos. Muchos menores se conectan a plataformas en línea para jugar con amigos, pero esos espacios también pueden abrir la puerta a personas desconocidas. Algunos estafadores se hacen pasar por otros jugadores, por moderadores o por perfiles oficiales del juego. Primero conversan, participan en la partida o se muestran cercanos; después, cuando han ganado cierta confianza, ofrecen recompensas difíciles de rechazar: monedas virtuales, accesorios para personalizar personajes o skins exclusivas.

    Para obtener esos supuestos beneficios, les piden que hagan clic en un enlace que imita a la web de la plataforma. Una vez allí, se les solicita que introduzcan sus credenciales de usuario. Con esos datos, los atacantes pueden acceder a su cuenta, modificar la contraseña, expulsar a su legítimo propietario y solicitar un pago para recuperarla. En otros casos, piden directamente un pago a través de una web fraudulenta donde los menores deben introducir sus datos bancarios y, en caso de no tenerlos, la tarjeta de un miembro de la familia para explotarla con cargos no autorizados.

  • En redes sociales. Los menores también pueden recibir mensajes o comentarios con ofertas que parecen atractivas: descuentos, sorteos, productos muy rebajados o acceso a servicios o experiencias exclusivas. Para conseguirlos se les pide que entren en un enlace y rellenen un formulario con sus datos. En ocasiones, esa página solo busca recopilar información personal, pero en otras ese link puede descargar un archivo malicioso en el dispositivo.

Acoso sexual. En algunos casos, el riesgo no comienza con una petición explícita, sino con una conversación aparentemente inocente. Un adulto puede hacerse pasar por alguien de la misma edad, ganar poco a poco la confianza del menor y llevar esa relación hacia conversaciones sexuales, envío de imágenes íntimas o situaciones de extorsión. Esta forma de manipulación y acoso se conoce, por su nombre en inglés, como grooming. En los últimos años han aparecido nuevas formas de presión como la amenaza de difundir imágenes reales o sintéticas (generadas con IA) si la víctima no accede a sus exigencias.

Retos virales peligrosos. Las redes sociales llevan años impulsando desafíos que animan a los usuarios a grabarse, imitar una conducta y compartir el resultado. Se hacen virales cuanto más impactantes, divertidos o extremos sean. La mayoría son inofensivos, consisten en un baile, una canción, cumplir alguna destreza física, pero otros pueden incluir humillación, violencia o conductas peligrosas, como asfixia voluntaria o acrobacias peligrosas para conseguir atención, aceptación o visibilidad. En ese entorno, además, cada visualización, cada comentario y cada clic alimentan un negocio basado en captar y retener la atención el mayor tiempo posible.

¿Cómo prevenir estas estafas?

Los expertos señalan que lo más importante es que el adulto establezca un diálogo abierto y respetuoso con el menor y que se informe sobre las páginas y las plataformas que visita. Muchas veces, señala Patricia Aramayo, vocal de educación no formal, infancia y adolescencia del Consejo de la juventud de España, los adultos desconocen qué hace el menor en su tableta, su móvil o su ordenador por múltiples razones, aunque la más habitual, puntualiza, es la falta de tiempo. Más que hablar de controles, que deben existir, la organización Pantallas Amigas habla de acompañamiento.

De 7 a 10 años: aprender con un adulto cerca

A esta edad, Internet debe ser un espacio compartido. Hay que ayudarles a entender qué hacen cuando juegan, ven vídeos o entran en una aplicación.

  • Elegir juntos las páginas, juegos y aplicaciones que pueden utilizar.
  • Activar controles parentales, filtros de contenido, restricciones de compra, especialmente en videojuegos y tiendas de aplicaciones.
  • Usar los dispositivos preferiblemente en espacios comunes, donde un adulto pueda acompañar sin invadir.
  • Hablar de forma sencilla sobre los engaños: no todo regalo, premio o moneda gratis es real.
  • Enseñarles que no deben introducir nombres, direcciones, teléfonos, contraseñas ni datos de tarjetas sin pedir permiso.
  • Revisar con ellos qué han visto o con quién han jugado, con preguntas naturales, no como un interrogatorio.
  • Acordar un tiempo de uso claro y previsible, adaptado a la rutina familiar.

De 11 a 14 años: ganar autonomía con límites claros

En esta etapa empiezan a moverse con más independencia, a usar redes sociales, chats, videojuegos en línea o plataformas donde interactúan con otros. La prevención pasa por combinar confianza, límites y conversación.

  • Pactar normas concretas sobre tiempo de uso, compras online, descargas, redes sociales y contacto con desconocidos.
  • Explicar que una oferta demasiado buena, como monedas gratis, entradas baratas o cuentas premium, puede ser una estafa.
  • Enseñarles a comprobar antes de hacer clic: mirar la dirección de la web, desconfiar de enlaces enviados por desconocidos y acudir siempre a páginas oficiales.
  • Reforzar la idea de que nunca deben compartir contraseñas, códigos de verificación, fotos íntimas ni datos personales.
  • Desactivar compras automáticas y proteger los pagos con contraseña, biometría o autorización adulta.
  • Animarles a contar cualquier situación incómoda, rara o vergonzosa sin miedo a un castigo inmediato.
  • Revisar juntos la privacidad de sus perfiles: quién puede escribirles, ver sus publicaciones o añadirles a grupos.

A partir de los 15 años: responsabilidad, criterio y confianza

La adolescencia exige más autonomía, pero no una retirada total del adulto. A esta edad, el acompañamiento funciona mejor si se basa en conversaciones honestas y en el reconocimiento de que internet forma parte de su vida social.

  • Hablar de huella digital: lo que se publica, comparte o reenvía puede salir del contexto original.
  • Conversar sobre relaciones ‘online’, consentimiento, presión de grupo y manipulación emocional.
  • Insistir en que pedir ayuda a tiempo no significa haber fallado, sino saber protegerse.
  • Recomendar que contrasten cualquier compra, sorteo, oferta laboral, entrada o promoción antes de pagar o compartir datos.
  • Aconsejar el uso de contraseñas robustas, verificación en dos pasos y cuentas separadas para correo, juegos y redes sociales.
  • Mantener alertas sobre señales de riesgo: urgencia para pagar, amenazas, promesas de dinero fácil, regalos exclusivos o peticiones de secreto.
  • Respetar su espacio, pero dejar claro que los adultos siguen disponibles para ayudar si algo se complica.
  • En todas las edades, la clave es que el menor sepa que puede pedir ayuda sin miedo. Muchas estafas y situaciones de acoso avanzan porque la víctima siente vergüenza, culpa o temor a perder el móvil. La confianza con los adultos es, también, una medida de protección.

La inteligencia artificial en la infancia y la adolescencia, cómo usarla con responsabilidad

La inteligencia artificial ya forma parte en la vida de muchos niños y adolescentes. La encuentran en herramientas para sus estudios, aplicaciones de ocio, generadores de textos, imágenes y respuestas en segundos como si hubiera alguien al otro lado, muchas veces sin comprender bien cómo funciona ni qué límites tiene.

Organizaciones como UNICEF llevan años advirtiendo de que la IA debe desarrollarse y utilizarse poniendo en el centro los derechos, la seguridad y el bienestar de la infancia. El nuevo trasfondo es que los menores se relacionan con una tecnología capaz de conversar, sugerir, corregir o acompañar en una etapa en la que todavía están formando su propio criterio. Richard Benjamins, cofundador de OdiseIA, un observatorio del impacto social y ético de la inteligencia artificial, señala que no se trata de prohibirla a los menores, sino de enseñarles a usarla responsablemente.

Para qué usan la IA los menores

1. Estudiar y aprender:

  • Resumir apuntes o textos largos
  • Explicar un tema con palabras más sencillas
  • Preparar esquemas para trabajos
  • Practicar ejercicios antes de un examen

Aplicaciones como ChatGPT, Gemini o Claude, de IA generativa, se han convertido en sus compañeros

2. Desarrollar habilidades

  • Practicar idiomas
  • Aprender a desarrollar código para programar contenido digital
  • Mejorar la redacción
  • Ensayar presentaciones orales

3. Como buscador

  • Ofrece respuestas sintetizadas más rápidamente
  • Resume textos largos
  • Permite comparar informaciones

4. Crear contenido

  • Editar y generar imágenes, vídeos y avatares
  • Escribir historias, canciones o guiones
  • Diseñar páginas web, presentaciones o artefactos
  • Crear aplicaciones sin necesidad de saber código

5. Obtener apoyo emocional

  • Pedir consejo sobre amistades o relaciones
  • Ensayar conversaciones difíciles
  • Desahogarse cuando se sienten solos
  • Preguntar cosas que les daría vergüenza consultar con un adulto

Este uso es menos visible para los adultos y puede ser especialmente delicados

¿Qué riesgos entraña la IA?

Reduce la capacidad para el pensamiento crítico. Ofrece respuestas inmediatas y no exige reflexión. Se corre el riesgo de debilitar el razonamiento y perder la capacidad para contrastar fuentes, detectar errores o elaborar una opinión propia.

Aumenta la dependencia sobre esta tecnología. Su facilidad de uso y disponibilidad constante hace que muchos adolescentes recurran a ella para resolver dudas cotidianas o incluso decisiones íntimas y personales.

Puede fomentar el aislamiento. La IA conversacional puede simular cercanía y empatía, por eso resulta atractiva para adolescentes con dificultades para socializar. Pero no sustituye los vínculos reales ni el apoyo de personas de confianza.

Expone a respuestas no adecuadas. Estas herramientas pueden inventar información, simplificar en exceso o dar consejos poco fiables. También puede mostrar contenidos no aptos para menores si se utilizan sin filtro o supervisión.

Facilita la suplantación de la identidad. La IA permite manipular imágenes, voces o vídeos con apariencia realista. En menores puede utilizarse para crear contenidos falsos con fines de acoso, humillación, extorsión, explotación sexual o bullying.

¿Cómo usar la IA con responsabilidad?

Es un apoyo, no un sustituto del pensamiento propio. Conviene que no abandonen el esfuerzo por razonar y sacar sus propias conclusiones.

Se puede equivocar. Deben tener claro que puede ofrecer información parcial o inventada y que tienen que contrastar la información en otras fuentes, como libros, instituciones o adultos de confianza.

No compartir datos personales. No deben introducir nombres completos, direcciones, teléfonos, contraseñas, datos escolares, fotografías o vídeos propios o de otras personas. Muchas herramientas pueden almacenar, reutilizar o transformar esa información.

Poner límites al uso. Para evitar la dependencia, conviene acordar cuándo y para qué se usa la IA. Es importante que los menores desarrollen su autonomía y su capacidad de concentración. Por ello se debe acordar horarios y usos.

Hacer entender que no es una persona real. Aunque una IA conversacional pueda parecer cercana o empática, no tiene emociones, criterio humano ni responsabilidad sobre lo que aconseja. Puede acompañar una conversación, pero no sustituye a una amistad, una familia o un profesional.

Enseñar a ser críticos con todo lo que vean en internet. Explicarles que con la generalización de la IA cualquier contenido de imagen o voz, incluso una videollamada, puede ser alterada. Enseñarles a mirar con calma, contrastar y no compartir contenidos dudosos es parte de la educación digital.

Animarlos a pedir ayuda sin vergüenza. Si creen que alguien ha usado su imagen, su voz o sus datos para suplantarlos, acosarlos o extorsionarlos, deben contarlo cuanto antes a un adulto. El primer paso es acompañarles, guardar pruebas, reportarlo en la plataforma y, si procede, acudir a las autoridades.

El banco ayuda a las familias a identificar las amenazas

Cuando niños y adolescentes se mueven por internet, muchas situaciones de riesgo pueden empezar con gestos cotidianos: un enlace que promete monedas gratis en un videojuego, un mensaje de alguien que parece tener su edad, una oferta demasiado atractiva en redes sociales o una imagen compartida con demasiada confianza. Por eso, una familia concienciada está mejor preparada para detectar esas pequeñas señales de alerta que indican que algo no encaja. Porque la seguridad comienza en los detalles, y saber reconocerlos a tiempo puede ser decisivo para evitar una estafa digital o pedir ayuda antes de que el problema avance.

Banco Santander ofrece a sus usuarios y a la sociedad en general campañas de concienciación y contenidos con recomendaciones prácticas para operar ‘online’ con más seguridad. También para aprender a identificar amenazas que pueden afectar especialmente a menores y familias, desde intentos de ‘phishing’ y suplantación de identidad hasta fraudes en redes sociales, videojuegos o plataformas digitales.Si alguna comunicación por parte del banco genera dudas, Santander ofrece canales oficiales para resolverlas: los SMS sospechosos se pueden enviar al 638 444 542; los correos dudosos, a phishing@gruposantander.es. También se pueden realizar consultas sobre estos temas en la Superlínea, 915 123 123, en las oficinas, o desde el Centro de Ayuda de la aplicación o la banca online, disponible 24 horas.

Banco Santander dispone de un canal de WhatsApp directo para clientes. Una comunidad a la que se pueden unir para recibir ciberconsejos, novedades y alertas sobre este tipo de estafas y pautas para identificar mensajes sospechosos.

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Acompañar más que controlar a los menores cuando usan internet

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